La partitura del piano estaba tal y como ella la había dejado antes de marcharse. No la había tocado.
A menudo se sentaba, dejando el whiskey, el cansancio y la medianoche, y tocaba aquella melodía que se repetía en su cabeza, sin necesidad de mirar el papel. No tocaba el principio, ni tocaba el final… sólo las notas que estaban comprimidas en las dos hojas que dejaba ver el cuaderno abierto. Las notas vibraban en sus manos, como aquellas de dedos perfectos que tocaban en los momentos más inesperados. La recordaba desnuda, encogida en el asiento de terciopelo negro, en una postura muy suya, con el pie derecho bajo el muslo izquierdo, coloreando el después a un rato de amor perfecto con su música. Se unía ella a la imagen y las envolvía a las dos en la sábana blanca en la que había venido.
El whiskey sudaba y los hielos tintineaban al moverse en el vaso, cada sorbo estaba helado, pero le dejaba en cambio, en la garganta, una agradable sensación de calor. Debería haber pasado la partitura, pero las notas de esta hoja tenían demasiada fuerza, demasiado de ella.



