jueves 2 de julio de 2009

:)

Yo no había probado el sabor de esas lágrimas hasta ahora. Son… quizá algo más tibias, y saben a sal junto con recuerdos. A limón, junto con palabras, esas que se quedaron grabadas a fuego por su intensidad. En cuanto brota la primera recuerdas el primer Te quiero, dicho en un susurro, en la borrachera de besos, y casi no recuerdas como contestaste, tan bajito, tan perdida entre cosquilleos sospechosos y calor.De repente, te das cuenta de que te llenan la barbilla, que las cuencas de los ojos abrasan y que el calor de las lágrimas nuevas es desagradable en las mejillas empapadas y frías al contacto con el aire. Y no quieres recordar, que duele, que quema, y no quieres olvidar, que te hace sentir aun mas perdida, y más vacía. Piensas en esos momentos que estuvieron a punto de ocurrir, pero no dio tiempo, y ojala la hubiera mordido más veces, y la hubiera besado más, y me hubiese hundido más tiempo en ese cuello que huele a limpio, a las sabanas secas puestas al sol, a colonia, a su sudor, a piel, a ella. Y ahora lo busco estúpidamente en la ropa recién planchada, en todas las perfumerías, en la ropa que no me ha dado tiempo a lavar, por si lo conserva, pero no lo encuentro, y es que… tengo la impresión de que no voy a conseguir nada mendigando el perfume de sus labios cuando se le terminaba el aire de los pulmones y tenia que respirar después de un beso, por que es suyo, y nadie lo vende, ni nadie lo tiene.

martes 5 de mayo de 2009

Diéresis y tristeza

La tristeza es tremendamente adictiva.
Las personas se van volviendo melancólicas y pueden pasar mucho tiempo envueltos en un estado de letargo y estupidez. Incluso los más fríos e indolentes caen en ello alguna vez.
Y ella detestaba verse en esas situaciones que parecen tópicos de la literatura, y descubrir que, muy a su pesar, estas podían hacerse reales. Que sus lágrimas se confundían con la lluvia en sus mejillas, y que ella las podía distinguir por el frío de las gotas que impactaban desde el cielo, y la tibieza de las de sus ojos. Que el hielo de la hierba le congelaba los pies y le hacía cosquillas entre los dedos. Que no hubiese importado quedarse así durante horas, con la ropa, el pelo y la piel empapados, sin ser plenamente consciente de tener un cuerpo.
Descubrir la veracidad de esos sentimientos de los que se había burlado al verlos escritos, le resultaba pesado e incómodo, como una broma de mal gusto.
Y sin embargo ahí estaba, de pie, con cara de imbécil, sin límite de tiempo, deseando maldecir a los guantazos del amor… y sin poder hacerlo.

domingo 12 de abril de 2009

Allí.

A veces las palabras se escriben en la piel como con una aguja, dibujando las letras con la sangre, y así, aunque un día curen, como los sentimientos, siempre quedará el recuerdo, en forma de cicatriz. Eso son en realidad las cicatrices. Recuerdos, burlas, mofas del dolor que sentiste. Una manera de garantizarte que no, que tu cuerpo, tu mente, no te lo va a dejar olvidar.
A lo mejor te lo recuerda en las noches de invierno, cuando haga mucho frío o al levantarte, despues de haber dormido, para recordarte qeu sigue estando ahí, que no se ha ido. Todo esto, en forma de dolor. Más agudo, más punzante, más, o menos intenso, pero de una u otra forma, dolor.
Pues hay quien escribe de esta manera, sí... en vez de cojer papel y un boli coje un brazo, o un corazón. Y una aguja. La tinta, claro... sangre. Son aquellos quienes quieren quedarse grabados, perdurar en la memoria, dejar... una huella.
_Bueno, pues muy bien, pero yo solo te he preguntado de donde viene el dolor, ¿vas contestarme?_ Lo decía con esos ojos, enormes, exijentes incluso déspotas a veces, pero en fín, era ella.
_De los recuerdos. El dolor, viene de los recuerdos.
Me miró, creo que pensando si mentía o decía la verdad, nunca supe interpretar del todo sus miradas. Y sin más, se levantó y se fué.

sábado 11 de abril de 2009

Aquí.

Ella se ponía triste cuando oía su voz. Repetía aquellas cintas una y otra vez, y le escuchaba cantar, escuchaba su música durante horas.
No sea planteaba la posibilidad de parar. Lo único que le importaba eran esas canciones. Se le ponía la piel de gallina mientras escuchaba. Decía sentir su aliento en la mejilla de nuevo, la humedad de sus dientes en la oreja, los diamantes de su risa, la plata de sus besos… No era consciente del espejismo de aquellas sensaciones, y llenaba su cerebro de pozos negros en los que tiraba aquellas palabras que nunca quiso escuchar, tiraba también el recuerdo de los celos, los engaños, y todo lo que le producía dolor. Se dejaba llevar por la gravedad de esa música, por la ronquera de sus notas, aquellas que le tararearon tantas noches con la boca y la nariz hundidas en el pelo, encima de unas sábanas tibias todavía e impregnadas del aroma fuerte de perfume y sudor que le llenaba tanto que a veces no la dejaba respirar…
Se mecía entre esos recuerdos dejando que la abrazasen, que la rodeasen proporcionándole calor y oprimiéndola contra un pecho imaginario.
Acariciaba las cuerdas de una guitarra que de tan vieja no se llevó, y se estudiaba las partituras que un día le dedicaron fingiendo comprenderlas.
_ Estoy harta ¿sabes? No quiero escucharte._ Lo dijo sin ánimo de ofender, no estaba nerviosa ni enfadada, simplemente. Era verdad. Y esa duele.
_ Que te jodan.
Ella sonrío.

domingo 23 de noviembre de 2008

Prioridad: El amor

La echaba tanto de menos, que en los momentos de soledad sentía que la vida no tenía ningún sentido si no era junto a ella. Sabía, claro, que eso era una tontería, que la vida, había que vivirla de todos modos.
Seguía sin embargo buscando en la pila de la cocina nada más levantarse, todas las mañanas, la taza de café negro llena de posos de azúcar medio vacía con la marca del pintalabios pintado en el canto, tal y como ella la dejaba. Podía recordarlo con total nitidez, miraba el reloj, cogía la taza de café saturada de azúcar, daba tres sorbos largos, la dejaba, y se iba taconeando al ritmo del sonido de las llaves en la mano. Con aquella gracia, aquella elegancia natural que caracterizaba todos sus movimientos.
La bañera ya no estaba abarrotada de tarritos de cristal llenos de sales de colores aromáticas, ni el salón de barritas de incienso con olor a rosas. En la cadena de música ya no sonaba permanentemente música francesa y los violines y acordeones no llenaban sus oídos. El valse de Amelie había dejado de ser la banda sonora del dormitorio y la funda de la almohada no estaba impregnada de gotitas de perfume, ni con el sudor de su nuca en las noches de frío, calentadas con sexo, amor y mantas.
Pero de que servía lamentarse, y nadar sobre el pasado si no volvería ella, si sus cuerpos iguales no crearían ya una misma forma, sino volverían a burlarse por la calle de las caras antiguas que las miraban con reprobación, ya no volverían a mantener sus manos en el bolsillo de la otra para que la gente se enterase de que lo predominante y prioritario para ellas era su amor.

sábado 8 de noviembre de 2008

Mañanas inolvidables

Imagínala, sentada en un taburete de madera, notando en su piel desnuda, pálida, casi translúcida, como única prenda, la camisa blanca que él llevaba hacía pocas horas. Todavía conservaba el olor de la noche, una mezcla de su colonia fuerte de hombre, el de su propio cuello, el del alcohol… olía bien, giraba la cabeza entre trazo y trazo de pintura, pegaba la nariz al hombro e inspiraba, despacio, intensamente. De esa manera podía evocar los momentos de la noche anterior, entonces, recordaba que para recordar no necesitaba recurrir a su olor en la camisa, por muy placentero que fuese, solo tenía que mirar hacia la izquierda, abajo, para ver su cuerpo, tumbado sobre el colchón tirado en el suelo, con el cuerpo marcado por la sábana de hilo, fina, algo transparente.
Algunas veces, se preguntaba a sí misma si lo que sentía por el no era amor, sino un espejismo de ello, más enamorada de las mañanas blancas en el taburete, con el caballete listo para ser maquillado, de la magia de pintar las olas mientras el dormía, con la luz tras las nubes blancas, y los pinceles entre las manos, de los días enteros enredados en las piernas del otro, inventando que sus cuerpos están pegados y que no se pueden separar, que de él.
Le quería por su puesto. Y realmente amaba comer bombones de chocolate frente a la chimenea después de hacer el amor, inventar historias y cuentos poniendo de personajes a las nubes tirados en el mármol del porque después de hacer el amor, pintar en la habitación después de hacer el amor, beberse una botella de Moet et Chandon en la alfombra antes de hacer el amor, fotografiar sus cuerpos frente al espejo antes de hacer el amor.
Amaba hacer el amor con, pero… ¿le amaba?

sábado 25 de octubre de 2008

La chica de la habitación

Mis manos están hechas a medida para tu cintura, tus dedos tienen la forma perfecta para liarse en los enredos de mi pelo, mis pestañas te hacen cosquillas en el ombligo y tus labios son de plastilina bajo los míos.
Las sábanas de tu cuarto hacen juego con el pálido de tu piel, el rubor de mis mejillas con el color de tus labios.
Y así son todas las noches, enterrados bajo tu techo, con la orquesta de las lamas de tu cama. Y el sonido de tu risa, y el olor de tu aliento, y el sabor de la mezcla con el mío. Tu saliva en mis mejillas, y en tu cuello la mía. Y en mi piel tus arañazos, y en tus brazos mis mordiscos. Mi boca en tus brazos, mi boca en tu boca, mi boca en tus piernas, tu pelvis y tus caderas.
Tu lengua en mi mentón, tu lengua con mi lengua, tu lengua por mi tripa, por mi pecho, en techo y en el suelo.
No es amor, sólo hambre, sólo sed, sólo el calentón que me provocan tus labios mientras hablas. Sólo el cosquilleo bajo el vientre cuando te acercas. Sólo la emoción de correr a tu colchón después de uno rápido en el ascensor.